Educar en sexualidad empieza por el cuerpo
Antes de hablar de sexualidad, ya educamos. Lo hacemos sin darnos cuenta, cuando les enseñamos cómo relacionarse con su propio cuerpo. Eso también es educación sexual.
Desde la más temprana infancia, aprendemos qué partes podemos nombrar y cuáles parece que es mejor no mencionar. Descubrimos si podemos tocarnos con curiosidad o si determinados gestos provocan rápidamente una mirada de desaprobación. También si podemos decir que no queremos un beso, unas cosquillas o un abrazo. Escuchamos cómo las personas adultas hablan de sus propios cuerpos y de los cuerpos de otras personas. Y empezamos a saber, casi sin darnos cuenta, cuáles parecen aceptables, bonitos o deseables y cuáles no.
Por eso, cuando trabajamos educación sexual con familias y centros educativos, el cuerpo ocupa un lugar fundamental. Es desde el cuerpo desde donde empezamos a construir gran parte de nuestra sexualidad.
El cuerpo se vive antes de poder explicarlo
Antes de tener palabras, tenemos sensaciones. Un bebé puede experimentar bienestar, incomodidad, contacto, temperatura, hambre, relajación o placer. Poco a poco descubre su propio cuerpo, lo toca, experimenta con él y empieza a diferenciarlo del de las demás personas. Las personas adultas participamos en ese aprendizaje cuando ponemos palabras a lo que siente, tratamos unas partes de su cuerpo con la misma naturalidad que otras, y respondemos a su curiosidad.
Pero también cuando cambiamos de tema, nos incomodamos, utilizamos eufemismos o reaccionamos de manera diferente cuando la curiosidad tiene que ver con los genitales. Cuando no hablamos del cuerpo también estamos transmitiendo un mensaje sobre él. El silencio puede enseñar que hay partes que no deben nombrarse y entonces, nuestra vergüenza pasa a ser la suya.
Nombrar el cuerpo nos permite hablar de lo que nos ocurre
En educación sexual insistimos mucho en algo aparentemente sencillo: llamar a cada parte del cuerpo por su nombre. Igual que decimos brazo, nariz o rodilla; es importante decir pene, vulva, clítoris, testículos o ano. Con ello transmitimos que su cuerpo merece ser conocido y que puede hablar sobre él sin vergüenza.
Conocer el propio cuerpo permite preguntar cuando algo genera curiosidad, explicar dónde duele, contar qué ha ocurrido y pedir ayuda cuando algo nos incomoda. Y ello tiene también una dimensión preventiva importante, pues nos da herramientas para comunicar situaciones que no comprendemos o que nos han hecho sentir mal. Estamos hablando de consentimiento y autodeterminación corporal. De poner límites, y escuchar y validar las propias sensaciones corporales.
¿Y qué aprendemos al mirarnos?
La mirada que tenemos hacia nuestro propio cuerpo, también se construye y nos indica cómo sentirnos respecto a él. Y esto es lo que llamamos autoestima corporal.
Nuestros hijes están ahí, escuchando, cuando una persona adulta dice que necesita adelgazar antes del verano; alguien comenta el cuerpo de otra persona, o se celebra haber perdido peso. Pero también observan qué cuerpos aparecen en las pantallas, cuáles reciben aprobación y cuáles son objeto de juicio negativo. Y también escuchan lo que decimos sobre sus propios cuerpos.
Todo ello va construyendo su mirada. Educar en sexualidad implica también ampliarla: mostrar que existen cuerpos muy diferentes, y que éstos, además, cambian a lo largo de la vida. Pero, además, es importante que sepan que los cuerpos no necesitan ajustarse a un único modelo para ser válidos.
El cuerpo es el lugar que habitamos. Y sin embargo, a veces hablamos como si fuera algo que poseemos. y que podemos evaluar, comparar, mejorar o corregir. Y precisamente uno de los problemas de nuestra relación contemporánea con el cuerpo es que podemos acabar observándolo mucho más de lo que lo sentimos. La pregunta ha dejado de ser «cómo me siento» para convertirse en «cómo me estarán viendo». Y esto también tiene consecuencias, por ejemplo, en cuanto al placer. Para poder percibir sensaciones, agradables o no, saber cuándo queremos acercarnos y cuándo alejarnos. Es difícil experimentar todo eso si una parte de nuestra atención está permanentemente situada fuera, observándonos y evaluándonos. Por eso la autoestima corporal consiste en sentir que nuestro cuerpo es un lugar que podemos habitar.
El cuerpo cambia, la sexualidad también
En la infancia pueden aparecer la curiosidad por las diferencias corporales, los genitales, de dónde vienen los bebés o por qué determinados cuerpos son distintos.
Con la pubertad llegan otras: el crecimiento, la menstruación, las erecciones, el pecho, el vello, el olor, la comparación con el grupo o la preocupación por desarrollarse demasiado pronto o demasiado tarde.
En la adolescencia adquiere un peso enorme la mirada ajena. Aparecen la deseabilidad, la exposición en redes sociales, los cánones estéticos, la desnudez, las primeras experiencias eróticas y la pregunta, a veces constante, de si nuestro cuerpo es «normal».
¿Y en la edad adulta?: El embarazo, el posparto, las enfermedades, determinados tratamientos, los cambios de peso, la menopausia, el envejecimiento o simplemente el paso de los años vuelven a modificar el cuerpo y nuestra relación con él.
El contenido cambia, pero hay algo que permanece: seguimos viviendo nuestra sexualidad desde un cuerpo que cambia con nosotros.
La educación sexual empieza mucho antes de lo que se suele pensar
A veces las familias nos preguntan a qué edad deberían empezar a hablar de sexualidad. Nuestra respuesta es otra pregunta: ¿Cuándo empezamos a enseñar qué relación pueden tener con su propio cuerpo? Desde el principio.
Si les transmitimos que su cuerpo es suyo, y pueden conocerlo, sentirlo, cuidarlo, disfrutarlo y poner límites sobre él; que no tiene que parecerse al de nadie para tener valor, y que pueden hablar de lo que te ocurre en él; después llegarán el deseo, el placer, la diversidad, los vínculos y las relaciones. Pero tendrán un lugar mucho más sólido donde apoyarse.
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